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Desde la raíz 8 min

Los +120 ingredientes problemáticos que evitamos en Raisana

Leer una etiqueta no debería necesitar una búsqueda en Google.

Pero pasa: le das la vuelta al empaque, encuentras la lista de ingredientes y a la mitad ya no reconoces nada. No sabes si son inofensivos o si deberías dejar el producto donde estaba. Y ahí, entre el pasillo y la duda, casi siempre gana el cansancio: lo compras igual, o eliges el que tiene el empaque más verde.

En Raisana nos hicimos esa pregunta más de 120 veces, una por cada ingrediente que revisamos antes de aceptar un producto. Algunos no entran nunca. Otros dependen del contexto. Y unos pocos los aceptamos aunque no sean ideales — también te vamos a contar por qué.

La idea es que al terminar de leer no solo sepas qué hay detrás de nuestra selección, sino que puedas usar el mismo criterio la próxima vez que tengas una etiqueta en la mano, sea de la marca que sea.

Durante mucho tiempo compramos confiando en la parte de adelante. Si decía «natural», parecía suficiente. Si decía «light», sonaba mejor. Si tenía hojas verdes y palabras de bienestar, transmitía calma.

Pero el frente del empaque lo escribe el área de marketing, y la etiqueta la escribe la ley. Está atrás, en letra pequeña, y ahí sí está todo: lo que el producto contiene, en qué orden y en qué proporción. Es la única parte que no puede mentirte.

El problema es que hace falta traducirla, y esa traducción toma tiempo que casi nadie tiene. Ese es el trabajo que hicimos.

Preguntamos tres cosas concretas:

  1. ¿Alimenta la inflamación?
    La inflamación crónica de bajo grado no duele ni se ve, pero detrás de buena parte de lo que nos pasa con los años.
  2. ¿Le hace algo a la microbiota u hormonas?
    La inflamación crónica de bajo grado no duele ni se ve, pero detrás de buena parte de lo que nos pasa con los años.
  3. ¿Se acumula y es dañino en el tiempo?
    Hay aditivos que alteran la microbiota o debilitan la barrera intestinal. Ese daño no se siente el día que lo consumes.

Un ingrediente puede ser inofensivo en una porción y no serlo en diez años de uso diario.

Las tres tienen algo en común: ninguna se responde el mismo día. No duele, no avisa, no se ve — y por eso es tan fácil no tenerlas en cuenta. Solemos revisar las calorías de un producto, casi nunca lo que ese producto le va haciendo al cuerpo con los años.

Cuando un ingrediente no aporta nada a tu salud, casi siempre está en la fórmula por otro motivo: que el producto dure más en el estante, que se vea más apetitoso o que salga más barato de producir.

Estos son los seis grupos que más nos hacen decir que no. Debajo de cada uno verás también el nombre con el que suele aparecer en la etiqueta, porque muchos no se presentan con el suyo.

  1. Colorantes sintéticos
    Los colorantes artificiales están para que el producto se vea apetitoso, y nada más. Un cereal no alimenta más por ser de colores. En su lugar: betacaroteno, remolacha, cúrcuma, achiote.
  2. Edulcorantes dañinos y azúcares encubiertos
    Aquí hay dos cosas distintas. Por un lado, los edulcorantes artificiales (aspartamo, sucralosa, acesulfamo K), cuya relación con la microbiota intestinal es razón suficiente para preferir opciones que no plantean esa pregunta. Por otro, el azúcar de siempre, repartido en varios nombres para que ninguno encabece la lista. Se disfraza de: jarabe de maíz, maltodextrina, dextrosa, azúcar invertido, jugo de caña evaporado. En su lugar: stevia, fruto del monje, azúcar de coco, miel.
  3. Potenciadores de sabor
    El glutamato monosódico realza sabores que el alimento no aporta por sí solo. Y un producto que necesita eso suele ser un producto con poco sabor propio. Se disfraza de: proteína vegetal hidrolizada, extracto de levadura, saborizante natural. En su lugar: hongos deshidratados, algas, especias reales.
  4. Espesantes que alteran la microbiota
    La carragenina y los polisorbatos dan cuerpo y cremosidad, pero afectan la capa que protege tu intestino. Es un efecto que no se siente el día que lo consumes y que se va acumulando. En su lugar: pectina de frutas, agar-agar, goma arábiga.
  5. Conservadores sintéticos y liberadores de formaldehído
    El BHA, el BHT y el TBHQ alargan la vida del producto en el estante. El problema no es un envase suelto: es que aparecen en decenas de cosas que usas cada día. En cosmética, el equivalente es el formaldehído, que casi nunca se declara con su nombre. Se disfraza de: DMDM hidantoína, diazolidinil urea, quaternium-15. En su lugar: vitamina E, extracto de romero, vinagre, sal.
  6. Fragancias sin desglosar
    El BHA, el BHT y el TBHQ alargan la vida del producto en el estante. El problema no es un envase suelto: es que aparecen en decenas de cosas que usas cada día. En cosmética, el equivalente es el formaldehído, que casi nunca se declara con su nombre. Se disfraza de: DMDM hidantoína, diazolidinil urea, quaternium-15. En su lugar: vitamina E, extracto de romero, vinagre, sal.

Sería fácil escribir una lista donde todo es blanco o negro. También sería menos honesto.

En algunas categorías, la opción ideal todavía no existe en el mercado. Cuando nos pasa eso, elegimos la mejor disponible y la sometemos a tres condiciones: que cumpla una función real en la fórmula, que hayamos verificado que no hay algo mejor, y que la ficha del producto lo explique.

La goma xantana es un buen ejemplo. En un producto que sin ella necesitaría carragenina, y usada por debajo del 1%, es la mejor decisión técnica disponible hoy. Entra por eso, no por comodidad.

Con las fragancias aplicamos el mismo criterio. Cuando la fórmula lo permite, el aroma viene solo de aceites esenciales declarados uno por uno — y así están hechos nuestros roll-ons y varios de nuestros jabones. En otros casos, como los jabones artesanales, el aceite esencial no resiste bien el proceso de elaboración. Ahí pedimos dos cosas: que la fragancia cumpla las normas IFRA, el marco internacional que regula qué puede usarse y en qué cantidad, y que el proveedor confirme por escrito que no lleva ftalatos ni parabenos.

No es lo mismo que un aceite esencial, y por eso la ficha lo dice con todas sus letras. Esa información te pertenece: te la damos completa para que la decisión sea tuya.

Ya sabes qué mirar, y eso no te lo quita nadie: la próxima vez que tengas una etiqueta en la mano, la vas a leer distinto.

Lo que no queremos es que además tengas que hacerlo siempre. Revisar ingrediente por ingrediente, reconocer los que van con otro nombre, comprobar si existe algo mejor — con un producto puede ser hasta entretenido. Con la compra de la semana, es un trabajo.

Ese trabajo ya está hecho. Cada producto que está en Raisana pasó por esta lista antes de entrar, así que aquí puedes elegir por lo que te gusta, por lo que necesitas o por lo que se te antoja. Sin la lupa. Sin la duda de si te están contando todo.

Comprar saludable no debería sentirse como una investigación. Por eso revisamos cada producto desde la raíz: para que aquí encuentres solo lo que es realmente saludable, y elegir vuelva a ser simple.

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